Anécdota sin nota

Apaga la tele.

Y ella lo hizo. Siente la necesidad de desprenderse de algo necesario, importante. Sabe que no es conveniente ignorar los impulsos inconcientes.

Enciende la radio y se siente en los 60’. Su jean gastado con roturas en las rodillas, hechas a mano, se enganchó al cierre de su chaqueta de cuero negra. Comienza el día, su ritual matutino. Toma el frasco de canela y deja caer el polvo en su Little pocket, luego toma mi bolsillo y hace lo mismo conmigo. Pide a su dios algo de razón, Momento stand by. Cuando quizo acordarse de lo que estaba haciendo, le sorprendió ver aquello que vió… No esperaba tropezarse con aquel recuerdo, sumerge su mano derecha en el bolsillo, y siente la canela en sus dedos. Tranquila.

Toma del piso un espejo, y se ve a si misma, temo lo que trama. Ultimamente nada le es suficiente. Luce cansada… Yo puedo entenderla.

Tocaron la puerta. Otra vez era ella…

No pienso abrirle esta vez traidora, dijo. Estaba convencida de que era ella y que quería esta vez.

La brisa helada que entro por los huecos de la puerta, nos caló los huesos. El humo quizo cegarla y por un momento la convenció de llevársela con ella.

¡Reaccioná! Le suplique.

Entendio mis palabras y se impuso ante esa desgraciada, y le pidió que se fuera. De a poco fue alejándose.

¿Qué es el alma?, me preguntaste. Nadie supo responder. Dejaste caer tu chaqueta y escribiste dialectos desconocidos para mí en el espejo con lápiz labial… Ni el olor a canela basto. Me pediste que no dejara que nadie se apropiara de tu alma, que no te despojasen de ella, y aunque volvieran a tocar la puerta no contestaría. ¿Qué Buscaba?

¡Dice que quiere almas, torpe!

OIvidate… respondí. Nosotros solo portamos canela en los bolsillos.